lunes, 4 de marzo de 2019

Una reflexión para cada día del mes de San José

Una reflexión para cada día del mes de San José

Una reflexión para cada día del mes de marzo, mes de San José



San JoséLa Iglesia dedica el mes de marzo a San José. A continuación, podrán leer una reflexión para cada día de dicho mes.


Día 1º- Padre de Jesús. Escogido por el Eterno Padre, con amor previsor, para ser un padre para Jesús, tú, oh san José, has sido uno de los principales interlocutores en el plan de la salvación, según las promesas de Dios a su pueblo.

Ayúdame, san José, a leer hoy, el proyecto de Dios sobre mi vida, conforme a su plan de salvación.

Día 2º- Hombre de los proyectos divinos. Durante tu vida, tú, san José, no te has preocupado por hacer cosas grandes, sino por cumplir bien la voluntad de Dios, inclusive en las cosas más sencillas y humildes, con mucho empeño y amor.

Enséñame, san José, la prontitud en buscar y realizar la voluntad de Dios.

Día 3º- Esposo de la Madre de Dios. Después de la perturbación inicial, oh san José, tu ‘sí’ a la voluntad de Dios fue claro y preciso, aceptando a María como tu esposa. Fue por tu ‘sí’ que Jesús formó parte, a pleno derecho, de la estirpe de David ante la ley y ante la sociedad.

Te confiamos, oh san José, a todos los padres, para que, siguiendo tu ejemplo, acepten en los hijos el don inestimable de la vida humana.

Día 4º- Hombre del silencio. Junto a Jesús y a María, san José, fuiste hombre del silencio. Tu casa fue un templo. ¡Un templo donde lo primero fue el amor!

Enséñame, oh san José, a dominar mi locuacidad y a cultivar el espíritu de recogimiento.

Día 5º- Hombre de fe. Aún más que Abraham, a ti, san José, te tocó creer en lo que es humanamente impensable: la maternidad de una virgen, la encarnación del Hijo de Dios.

Fortalece, oh san José, a quien se desanima y abre los corazones para confiar en la Providencia de Dios.

Día 6º- Hombre de la esperanza. Oh San José, tú has vivido en una actitud de serena esperanza ante la persona de Jesús, de quien, durante tu vida, jamás pudiste vislumbrar algo que revelara su divinidad.

Aumenta, san José, mi capacidad de esperanza, alimentando el aceite para mis lámparas de espera. 

Día 7º- Hombre del amor a Dios. Oh san José, tú diste pruebas de entrega plena y total a tus seres queridos, Jesús y María, y con ello dabas gloria a Dios. 

Enséñame, oh san José, a amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi mente y con todas mis fuerzas, y al prójimo como a mí mismo.

Día 8º- Hombre de la acogida. Oh san José, tu trabajo te llevaba a relacionarte a menudo con la gente, y en ello diste pruebas de atenta cortesía y de calurosa acogida. 

Oh san José, ¡que yo sepa descubrir aquellos gestos que me hacen imagen viva de la disponibilidad con que Dios nos recibe tal como somos!

Día 9º- Hombre del discernimiento. No te fue tan fácil, oh san José, discernir entre las circunstancias de la vida lo que Dios quería de ti para tu misión y tu familia. 

Ayúdame, oh san José, a intuir entre los acontecimientos del día el paso de Dios por mi vida. 

Día 10º- Hombre de la docilidad. ¡Qué hermosa fue tu docilidad, oh querido santo, en actitud de constante atención a la Sagrada Escritura y a la voluntad de Dios! 

    Aleja de mí, oh san José, la presunción, el apego tonto a mis opiniones, la obstinación de seguir sólo mis ideas.

Día 11º- Hombre de la entrega. Tú, oh san José, no perdías tiempo en cosas vanas e inútiles y no obrabas con disgusto o mala gana.

Ayúdame, oh san José, a no ser flojo en mis responsabilidades, sino a dedicarme a mis quehaceres con la máxima entrega. 

Día 12º- Hombre de la sencillez. Ser persona sencilla como tú, oh san José, no es sólo una dimensión del carácter, sino una virtud adquirida con el esfuerzo diario de hacerse disponible a los demás. 

Ayúdame, oh san José, a no ser persona complicada, retorcida, e inaccesible, sino amable, sencilla y transparente.

Día 13º- Hombre de la confianza. Tu seguridad, oh san José, se cimentaba en la atención y adhesión constante a la voluntad de Dios, tal como iba manifestándose día tras día.

Haz, oh san José, que yo tenga la seguridad de quien confía en Dios, sabiendo que en cualquier situación, aunque adversa, estoy en sus manos.

Día 14º- Hombre de la paz. Tú, oh san José, como padre has educado a Jesús adolescente hacia aquellos valores que luego Él predicó, proclamando felices a “los que trabajan por la paz”.

Oh san José, ayúdame a promover la paz en mi propia familia y en el ambiente donde vivo y trabajo.

Día 15º- Ejemplo de humildad. ¡Cómo te sentías pequeño a tus ojos, oh san José! ¡Cómo amabas tu pequeñez! Siempre en la sombra, mantuviste tu vida bien escondida para responder al proyecto de Dios.

Ayúdame, oh san José, a huir de la vanagloria. Haz que encuentre gusto en la humildad y en relativizar mis intereses personales.

Día 16º- Ejemplo de fortaleza. Sin duda, oh san José, tu fortaleza, como jefe de familia, fue fundamental en los momentos cruciales que los Evangelios nos dejan entrever. Pero seguramente se consolidó luego en el trabajo de cada día.

Ayúdame, oh san José, a no desfallecer frente a las tentaciones, fatigas y sufrimientos.

Día 17º- Ejemplo de obediencia. Fue admirable tu obediencia en lo poco que los Evangelios nos revelan. Obedecer, casi a ciegas, a lo que las circunstancias iban indicándote como querer de Dios. 

Aleja de mí, oh san José, todas las excusas que mi egoísmo y flojera me presionan para no cumplir la voluntad de Dios.

Día 18º- Ejemplo de justicia. El evangelio te definió hombre justo, querido san José. Lo cual para nosotros ahora significa ser persona que actúa para con Dios y los hombres con rectitud y honestidad. 

Alcánzame, oh san José, la ayuda para mantener actitudes sanas en mis relaciones con Dios y los hombres.

Día 19º- Ejemplo de prudencia. Tu prudencia, querido santo, se manifestó en la correcta valoración de las circunstancias para tomar en tu vida aquellas decisiones que mejor favorecían a tu propia familia. 

Haz, oh san José, que yo no tome decisiones importantes sin antes valorar bien a quienes realmente puedan afectar. 

Día 20º- Ejemplo de pobreza. La vida pobre y escondida en Nazaret, a lado de tus seres queridos, te llevó, querido santo, a ser un trabajador responsable y activo, sin escatimar sacrificio alguno. 

Obtenme, oh san José, la gracia del espíritu de pobreza, siendo responsable en mis quehaceres. 

Día 21º- Ejemplo de gratitud. Nadie después de tu esposa, querido san José, recibió, de la bondad de Dios, tanto como tú. Y después de María, nadie cultivó tanto un corazón agradecido por los dones recibidos. 

Haz, oh san José, que yo sea consciente de los dones que Dios me otorga cada día. 

Día 22º- Ejemplo para los obreros. Como cada uno de nosotros, también tú, oh san José, sentiste la fatiga y el cansancio del trabajo de cada día.

Ayúdame, oh san José, a valorar la dignidad de mi trabajo, sea cual sea, y a cumplirlo con entusiasmo y responsabilidad.

Día 23º- Ejemplo de la misión. Aunque con una vida escondida, tú, oh querido santo, has cumplido una misión específica, única e irrepetible en la historia. 

Haz, oh san José, que yo pueda con la palabra y con el testimonio de vida, colaborar en la misión de la Iglesia para la construcción del reino de Dios. 

Día 24º- Custodio de la virginidad. Como esposo de la Madre de Dios cuidaste con amor casto su virginidad respondiendo así al proyecto de Dios.

Haz, oh san José, que yo viva con responsabilidad mi vocación específica, educando y fomentando mi capacidad de amar. 

Día 25º- Consuelo de los que sufren. Oh san José, tu vida no estuvo exenta de la sombra del dolor, que has asumido con mucha serenidad y paz del corazón.

Ayúdame, oh san José, a darme cuenta de que una vida de amor no puede estar exenta de la sombra del sufrimiento para que encuentre el camino hacia la verdadera felicidad.

Día 26º- Esperanza de los afligidos. En tu vida, oh san José, no todo fue claro y fácil de comprender. Sin embargo, supiste ubicarte siempre con la seguridad que te daba la esperanza de estar en las manos de Dios. 

Te ruego, oh san José, de consolar hoy a todos los que están afligidos por cualquier causa. Llena sus días de personas amigas y desinteresadas.

Día 27º- Patrono de los moribundos. Tú, oh san José, tuviste la suerte de morir asistido por Jesús y tu esposa María. ¡Nadie podría desear algo mejor en el momento más decisivo de su vida! 

Asísteme, oh querido santo, en el momento de mi muerte. 

Día 28º- Amparo de las familias. Oh san José, la Escritura afirma que a lado tuyo y de María, Jesús “crecía en edad, sabiduría y gracia”.

Te ruego, oh san José, por los niños y los jóvenes para que encuentren en su familia y en la comunidad el ambiente ideal para crecer sanos y felices.

Día 29º- Modelo de vida doméstica. Oh san José, en la Familia de Nazaret asumiste plenamente tu responsabilidad, con espíritu de colaboración y de humildad.

Haz, oh san José, que los padres sepan unir todas las potencialidades del amor humano con una buena vida cristiana.

Día 30º- Terror de los demonios. Oh san José, fortificado por la Palabra de la Escritura, has podido vencer las tentaciones siempre. 

Libera, oh san José, mi corazón y mi mente de toda tentación, para que sea un buen cristiano y un honrado ciudadano.

Día 31º- Patrono de la Iglesia Universal. Oh san José, por la misión que te fue confiada, asistes a la Iglesia de Cristo, haciendo que camine siempre en la verdad y en el amor, para ser luz del mundo.

Guía, querido santo, a la Iglesia de Cristo en el camino de la santidad, para que sea siempre más eficaz y alegre anunciadora del Evangelio.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Es Navidad esta Noche - La historia de Navidad interpretada por niños

EL PORQUÉ DE LA NAVIDAD

EL PORQUÉ DE LA NAVIDAD



EL PORQUÉ DE LA NAVIDAD
Compartir

Érase una vez un hombre que no creía en Dios. No tenía
reparos en decir lo que pensaba de la religión y de las festividades
religiosas, como la Navidad.
Su mujer, en cambio, era creyente y criaba a sus hijos
en la fe en Dios y en Jesucristo, a pesar de los comentarios desdeñosos de su
marido.
Una Nochebuena en que estaba nevando, la esposa se
disponía a llevar a los hijos al oficio navideño de la parroquia de la
localidad agrícola donde vivían. Le pidió al marido que los acompañara, pero él
se negó.
-¡Qué tonterías! -arguyó-. ¿Por qué Dios se iba a
rebajar a descender a la Tierra adoptando la forma de hombre? ¡Qué ridiculez!
Los niños y la esposa se marcharon y él se quedó en
casa.
Un rato después, los vientos empezaron a soplar con
mayor intensidad y se desató una ventisca. Observando por la ventana, todo lo
que aquel hombre veía era una cegadora tormenta de nieve. Y decidió relajarse
sentado ante la chimenea.
Al cabo de un rato, oyó un gran golpe; algo había
golpeado la ventana. Luego, oyó un segundo golpe fuerte. Miró hacia afuera,
pero no logró ver a más de unos pocos metros de distancia. Cuando empezó a
amainar la nevada, se aventuró a salir para averiguar qué había golpeado la
ventana. En un campo cercano descubrió una bandada de gansos salvajes. Por lo
visto iban camino al sur para pasar allí el invierno, y se vieron sorprendidos
por la tormenta de nieve y no pudieron seguir. Perdidos, terminaron en aquella
finca sin alimento ni abrigo. Daban aletazos y volaban bajo en círculos por el
campo, cegados por la borrasca, sin seguir un rumbo fijo. El agricultor dedujo
que un par de aquellas aves habían chocado con su ventana.
Sintió lástima de los gansos y quiso ayudarlos.
-Sería ideal que se quedaran en el granero -pensó-. Ahí
estarán al abrigo y a salvo durante la noche mientras pasa la tormenta.
Dirigiéndose al establo, abrió las puertas de par en
par. Luego, observó y aguardó, con la esperanza de que las aves advirtieran que
estaba abierto y entraran. Los gansos, no obstante, se limitaron a revolotear
dando vueltas. No parecía que se hubieran dado cuenta siquiera de la existencia
del granero y de lo que podría significar en sus circunstancias. El hombre
intentó llamar la atención de las aves, pero solo consiguió asustarlas y que se
alejaran más.
Entró a la casa y salió con algo de pan. Lo fue
partiendo en pedazos y dejando un rastro hasta el establo. Sin embargo, los
gansos no entendieron.
El hombre empezó a sentir frustración. Corrió tras ellos
tratando de ahuyentarlos en dirección al granero. Lo único que consiguió fue
asustarlos más y que se dispersaran en todas direcciones menos hacia el
granero. Por mucho que lo intentara, no conseguía que entraran al granero,
donde estarían abrigados y seguros.
-¿Por qué no me seguirán? -exclamó- ¿Es que no se dan
cuenta de que ese es el único sitio donde podrán sobrevivir a la nevada?
Reflexionando por unos instantes, cayó en la cuenta de
que las aves no seguirían a un ser humano.
-Si yo fuera uno de ellos, entonces sí que podría
salvarlos -dijo pensando en voz alta.
Seguidamente, se le ocurrió una idea. Entró al establo,
agarró un ganso doméstico de su propiedad y lo llevó en brazos, paseándolo
entre sus congéneres salvajes. A continuación, lo soltó. Su ganso voló entre
los demás y se fue directamente al interior del establo. Una por una, las otras
aves lo siguieron hasta que todas estuvieron a salvo.
El campesino se quedó en silencio por un momento,
mientras las palabras que había pronunciado hacía unos instantes aún le
resonaban en la cabeza:
-Si yo fuera uno de ellos, ¡entonces sí que podría
salvarlos!
Reflexionó luego en lo que le había dicho a su mujer
aquel día:
-¿Por qué iba Dios a querer ser como nosotros? ¡Qué
ridiculez!
De pronto, todo empezó a cobrar sentido. Entendió que
eso era precisamente lo que había hecho Dios. Diríase que nosotros éramos como
aquellos gansos: estábamos ciegos, perdidos y a punto de perecer. Dios hizo que
Su Hijo se volviera como nosotros a fin de indicarnos el camino y, por
consiguiente, salvarnos. El agricultor llegó a la conclusión de que ese había
sido ni más ni menos el objeto de la Natividad.
Cuando amainaron los vientos y cesó la cegadora nevada,
su alma quedó en quietud y meditó en tan maravillosa idea. De pronto comprendió
el sentido de la Navidad y por qué había venido Cristo a la Tierra. Junto con
aquella tormenta pasajera, se disiparon años de incredulidad. Hincándose de
rodillas en la nieve, elevó su primera plegaria: "¡Gracias, Señor, por
venir en forma humana a sacarme de la tormenta!"
Con este relato, les deseo con cariño una felicísima
Navidad en la que el Niño Jesús les colme de bendiciones.
Javier López

Web Católico de Javier

http://webcatolicodejavier.org


jueves, 22 de noviembre de 2018

El ramillete de espinas

EL RAMILLETE DE ESPINAS

El Ramillete de Espinas
Era la víspera
del Día de Acción de Gracias, pero Sandra se sentía muy infeliz cuando entró en
una floristería. Su hijo habría nacido estos días si no lo hubiese perdido en
un accidente de automóvil... Lamentaba mucho su pérdida.
No
bastando eso, aún había posibilidad de que su marido fuera operado. Y para
colmo de males, su hermana canceló la visita que le iba a hacer próximamente.
¿Acción
de Gracias? ¿Agradecer qué? se preguntó.
Una
amiga tuvo el coraje de decir que el sufrimiento era una dádiva de Dios, que
hacía madurar y fortalecer...
Sus
pensamientos fueron interrumpidos por la vendedora, diciendo:
-
¿Quiere un arreglo tradicional o le gustaría innovar con lo que yo llamo
"Especial"? ¿Está buscando algo que realmente demuestre gratitud en
el Día de Acción de Gracias?
Sandra
explicó que nada tenía para agradecer y la otra replicó, enfática:
-
¡Pues tengo el arreglo perfecto para usted!.
En
ese momento entró una cliente que vino a buscar su pedido:
Un
arreglo de largos y espinosos tallos de rosa. Todo muy bien arreglado, pero no
había ninguna flor.
Sandra
se quedó pensando por qué alguien pagaría por tallos de rosa, sin flor.
-
Este es el "Especial", lo llamo "Ramillete de Espinas de Acción
de Gracias" - explicó la vendedora.
-
¿Pero qué la llevó a crear el ramillete de espinas? - preguntó Sandra.
-
Aprendí a ser agradecida por las espinas... Siempre agradecí a Dios las cosas
buenas en mi vida y nunca le pregunté por qué esas buenas cosas sucedían.
Pero
cuando vinieron las adversidades, yo lloré y grité: ¿por qué? ¿por qué yo?
Con
el tiempo aprendí que las épocas difíciles son importantes para nuestra fe y
nuestro fortalecimiento. Delante de las dificultades nos aproximamos a Dios y
valoramos la vida y sus buenos momentos.
Sandra
recordó lo que su amiga le había dicho, y exclamó: - Perdí mi bebé y yo estoy
enojada con Dios...
En
ese momento entró un hombre en la floristería, que también venía a buscar un
ramillete de tallos espinosos.
¿Esto
es para su esposa? - preguntó Sandra, incrédula. ¿Pero por qué ella quiere un
ramillete como ese?
Mi
esposa y yo casi nos divorciamos, pero con la gracia de Dios, nosotros
enfrentamos problema tras problema y salvamos nuestro matrimonio. El ramillete
especial nos recuerda las épocas "espinosas". Etiquetamos cada tallo
con uno de los problemas solucionados y damos gracias por lo que Él nos enseñó.
¡Yo le recomiendo el ramillete especial!
-
No sé si puedo ser agradecida por las espinas en mi vida. Es todo tan
reciente...
La
vendedora respondió, cariñosamente:
-
La experiencia me mostró que las espinas vuelven las rosas mas preciosas
Apreciamos más el cuidado providencial de Dios durante los problemas que en
cualquier otra época.
Varias
lágrimas se deslizaron por la cara de Sandra.
-
Me llevaré una docena de estos tallos largos y llenos de espinas, por favor.
¿Cuánto le debo?
Nada.
Nada si me promete que permitirá a Dios que cure su corazón. El primer
ramillete va siempre por mi cuenta.
La
vendedora sonrió y le entregó una tarjeta a Sandra.
Colocaré
esta tarjeta en su ramillete, pero tal vez usted quiera leerla primero.
-Y
Sandra leyó: "Señor, yo nunca agradecí mis espinas. Agradecí mil veces las
rosas, pero nunca las espinas. Enséñame el valor de mis espinas. Muéstrame que,
a través de mis lágrimas, los colores de Tu arcoiris son mucho más
brillantes."
Web
católico de Javier






jueves, 8 de febrero de 2018

El florero de porcelana



EL FLORERO DE PORCELANA


El maestro de novicios de un monasterio reunió a sus alumnos para la lección de hoy. 
- Voy a presentarles un problema - dijo el Maestro- a ver quién es el más habilidoso entre ustedes.  Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima, puso un florero de porcelana, seguramente carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.
- Este es el problema - dice el Maestro -resuélvanlo-.
Los novicios contemplaron perplejos el "problema", por lo que veían los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?
Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el "problema", hasta que uno de los novicios se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resolutamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.
- ¡¡Al fin alguien que lo hizo !! - exclamó el Maestro- Empezaba a dudar de la formación que les estamos proporcionando este año !! .
Al volver a su lugar el alumno, el Maestro explicó:
- Yo fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un "problema". No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado. Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un lindo amor que ya no tiene sentido, un camino que precisa ser abandonado, por más que insistimos en recorrerlo porque nos trae confort... "


Solo existe una manera de lidiar con un problema: atacándolo de frente. En esas horas, no se puede tener piedad, ni ser tentado por el lado fascinante que cualquier conflicto acarrea consigo. Recuerden que un problema, es un problema. No tiene caso tratar de "acomodarlo" y darle vueltas, si al fin y al cabo ya no es otra cosa más que "un problema". Déjalo, hazlo a un lado y continúa disfrutando de lo hermoso y lo que vale la pena en la vida. No huyas de él... acaba con él.

Pídele a Dios que te de sabiduría para enfrentarte a los problemas y para saber resolverlos adecuadamente.

Web católico de Javier