lunes, 8 de julio de 2019

Santa María Goretti

Santa María Goretti



Santa
María Goretti
(1890 - 1902)

María
había visto la luz el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona,
Italia, en el seno de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y
virtudes: oración en común y rosario todos los días, y los domingos Misa y
sagrada Comunión. María es la tercera de los siete hijos de Luigi Goretti y
Assunta Carlini. Al día siguiente de su nacimiento es bautizada y consagrada a
la Virgen. Recibirá el sacramento de la Confirmación a la edad de seis años.
Después
del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, demasiado pobre para poder
subsistir en su región de origen, emigra con su familia a las grandes llanuras
de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época. Se estableció en
Ferriere di Conca, al servicio del conde Mazzoleni, donde María no tarda en
revelar una inteligencia y una madurez precoces. No hay en ella ni un solo
atisbo de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel
de la familia.
Tras
un año de trabajo agotador, Luigi contrae una enfermedad que acaba con él en
diez días. Para Assunta y sus hijos empieza un largo calvario. María llora a
menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse
delante de la verja del cementerio. Quizás su papá se encuentre en el
purgatorio, y como ella no dispone de medios para encargar misas por el reposo
de su alma, se esfuerza en compensarlo con sus plegarias. Pero no hay que
pensar que la muchacha practica la bondad sin esfuerzo, ya que sus
sorprendentes progresos son el fruto de la oración. Su madre contará que el
rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado
alrededor de la muñeca. De la contemplación del crucifijo, María se nutre de un
intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
"QUIERO A JESÚS"
María
suspira por el día en que recibirá la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre
en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le pregunta a su
madre: 
-Mamá,
¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. 
-¿Cómo
vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos
dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un
momento libre. 
-¡Pues
nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! 
-Y, ¿qué
quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña
ignorante.
Finalmente,
María encuentra un medio de prepararse con la ayuda de una persona del lugar, y
todo el pueblo acude en su ayuda para proporcionarle ropa de comunión. Recibe
la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.
La
recepción del Pan de los ángeles aumenta en María el amor por la pureza y la
anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un
día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y
una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: 
-Mamá,
iqué mal habla esa niña! 
-Procura
no tomar parte nunca en esas conversaciones. 
-No
quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...
Y la
palabra morir queda entre sus labios. Un mes más tarde, la voz de su sangre
terminará la frase.
Al
entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con
Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos
separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella
unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y
carente de discreción en sus palabras. Después de la muerte de Luigi, Assunta y
sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha
comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: 
-Ánimo,
mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos
conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde
la muerte de su marido, Assunta siempre está en el campo y ni siquiera tiene
tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más
pequeños. María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las
comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella
sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por
su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de
Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de
diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con
imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi
Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba
para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: 
-Assunta,
regresa a Corinaldo!
 Por
desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de
arrendamiento.

UNA AZUCENA INMACULADA
Al
estar en contacto con los Goretti, algunos sentimientos religiosos han hecho
mella en Alessandro. A veces se agrega al rezo del rosario que realizan en
familia, y los días de fiesta oye Misa. Incluso se confiesa de vez en cuando.
Pero todo ello no impide que haga proposiciones deshonestas a la inocente
María, que en un principio no comprende. Más tarde, al adivinar las intenciones
perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las
amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a
explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha
amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único
recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a
su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo
considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada
súplica.
El 5
de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la
era. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra
vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el
momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
-Assunta,
¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí? 
Sin
sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina,
remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras
vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
-¡María!,
grita Alessandro. 
-¿Qué
quieres? 
-Quiero
que me sigas. 
-¿Para
qué? -¡sígueme! 
-Si
no me dices lo que quieres, no te sigo. 
Ante
semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la
arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no
llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro
la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe.
Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se
deshace de la mordaza y grita: 
-No
hagas eso, que es pecado... Irás al infierno
Poco
cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma: -Si no te dejas,
te mato. 
Ante
aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:
-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo. Creyéndola muerta, el asesino tira el
cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve
sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte;
después, sube a encerrarse a su habitación.
María
ha recibido catorce heridas graves y se ha desvanecido. Al recobrar el
conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha
matado... Venga
Casi
al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente,
que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María;
dile que Teresina la llama. 
En
aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible
espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también,
Mario, venid!. 
Mario
Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La
madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería
hacerme daño!
 
Llaman
al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos,
muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.

¡NI UNA GOTA DE AGUA!
Después
de un largo y penoso viaje en ambulancia, hacia las ocho de la tarde, llegan al
hospital. Los médicos se sorprenden de que la niña todavía no haya sucumbido a
sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón
izquierdo, el diafragma y el intestino. Al comprobar que no tiene cura, mandan
llamar al capellán. María se confiesa con toda lucidez. Después, los médicos le
prodigan sus cuidados durante dos horas, sin dormirla. María no se lamenta, y
no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de
los Dolores. Su madre consigue que le permitan permanecer a la cabecera de la
cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: 
-
Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?
A
María la devora la sed: -Mamá, dame una gota de agua. 
-Mi
pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. 
Extrañada,
María sigue diciendo: -¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua?
Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo
sed!, y se resigna. 
El
capellán del hospital la asiste paternalmente y, en el momento de darle la
sagrada Comunión, la interroga: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino
Ella,
reprimiendo una instintiva repulsión, le responde: -Sí, lo perdono por el amor
de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a
mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado. 
En
medio de esos sentimientos, los mismos que tuvo Jesucristo en el Calvario,
María recibe la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el
heroísmo de su victoria. El final se acerca. Se le oye decir: -Papá. 
Finalmente,
después de una postrera llamada a María, entra en la gloria inmensa del
paraíso. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde. No había
cumplido los doce años.

ESTÁ PERDIENDO EL TIEMPO, MONSEÑOR
El
juicio de Alessandro tiene lugar tres meses después del drama. Aconsejado por
su abogado, confiesa: -Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude
conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar. Es condenado a
treinta años de trabajos forzados. Aparenta no sentir ningún remordimiento del
crimen. A veces se le oye gritar:
-¡Anímate,
Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués! 
Pero María no lo olvida. Unos
años más tarde, monseñor Blandini, obispo de la diócesis donde está la prisión,
siente la inspiración de visitar al asesino para encaminarlo al
arrepentimiento. -Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el
carcelero-, ¡es un duro!
 
Alessandro
recibe al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico
perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar
por la gracia. Después de salir el prelado, llora en la soledad de la celda,
ante la estupefacción de los carceleros.
Una
noche, María se le aparece en sueños, vestida de blanco en los jardines del
paraíso. Trastornado, Alessandro escribe a monseñor Blandino: "Lamento
sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la
vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su
honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a
Dios públicamente, y a la pobre familia, por el enorme crimen que cometí.
Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra".
 Su
sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la
libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el
puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta
ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.
Gracias
a su buena disposición, Alessandro es llamado como testigo en el proceso de
beatificación de María. Resulta algo muy delicado y penoso para él, pero
confiesa: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para
su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión.
Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso,
después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".
En
la Navidad de 1937, se dirige a Corinaldo, lugar donde se había retirado con
sus hijos Assunta Goretti. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir
perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta
llorando. -Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó
-balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo? 
El mismo día de Navidad, los
habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a
la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.

"¡MIRADLA!"
La
influencia de María Goretti, canonizada como mártir por el Papa Pío XII el 26
de junio de 1959, continúa en nuestros días. El Papa Juan Pablo II la presenta
especialmente como modelo para los jóvenes: "Nuestra vocación por la
santidad, que es la vocación de todo bautizado, se ve alentada por el ejemplo
de esta joven mártir. Miradla, sobre todo vosotros los adolescentes, vosotros
los jóvenes. Sed capaces, como ella, de defender la pureza del corazón y del
cuerpo; esforzaos por luchar contra el mal y el pecado, alimentando vuestra
comunión con el Señor mediante la oración, el ejercicio cotidiano de la
mortificación y la escrupulosa observancia de los mandamientos" (29 de
septiembre de 1991).
La
realidad y el poder de la ayuda divina se manifiestan de una manera
particularmente tangible en los mártires. Elevándolos al honor de los altares,
"la Iglesia ha canonizado su testimonio y declara verdadero su juicio,
según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos,
incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque
fuera con la intención de salvar la propia vida" (Veritatis splendor, 91).
Indudablemente, pocas personas son llamadas a padecer el martirio de la sangre.
Sin embargo, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias
más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano,
implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces
heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio
Magno- le capacita para amar las dificultades de este mundo a la vista del
premio eterno" (id, 93).
Por
eso el Papa no teme decir a los jóvenes: "No tengáis miedo de ir
contracorriente, de rechazar los ídolos del mundo". y explica: "Mediante
el pecado, damos la espalda a Dios, nuestro único bien, y elegimos ponernos del
lado de los ídolos que nos conducen a la muerte ya la condenación eterna, al
infierno". María Goretti "nos alienta a experimentar la alegría de
los pobres que saben renunciar a todo con tal de no perder lo único que es
necesario: la amistad de Dios... Queridos jóvenes, escuchad la voz de Cristo
que os llama, también a vosotros, al estrecho sendero de la santidad" (29
de septiembre de 1991).
Santa
María Goretti nos recuerda que "el estrecho sendero de la santidad"
pasa por la fidelidad a la virtud de la castidad. En nuestros días, con
frecuencia, la castidad es objeto de burla y de desprecio. El cardenal López
Trujillo escribe al respecto: "Para algunas personas que se hallan en
ambientes donde se ofende y se desacredita la castidad, vivir castamente puede
exigir una dura lucha, a veces heroica. De todas formas, con la gracia de
Cristo, que se desprende de su amor de Esposo por la Iglesia, todos pueden
vivir castamente, incluso si se hallan en circunstancias poco favorables a
ello" (Verdad y sentido de la sexualidad humana, Consejo pontifical para
la familia,8 de diciembre de 1995, 19).

UN LARGO Y LENTO MARTIRIO
Conservar
la castidad implica rechazar ciertos pensamientos, frases y actos pecaminosos,
así como huir de las ocasiones de pecado. "Que la alegre infancia y la
ardiente juventud aprendan a no abandonarse desesperadamente a los gozos
efímeros y vanos de la voluptuosidad, ni a los placeres de los vicios embriagadores
que destruyen la apacible inocencia, engendran sombría tristeza y debilitan más
pronto o más tarde las fuerzas del espíritu y del cuerpo", advertía el
Papa Pío XII con motivo de la canonización de Santa María Goretti. El Catecismo
de la Iglesia católica recuerda lo siguiente: "O el hombre controla sus
pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace
desgraciado" (2339). Por eso resulta necesario seguir un modelo de vida
que "requiera mucha fuerza, una constante atención y una renuncia valiente
a las seducciones del mundo. Debemos ser capaces de vigilar incesantemente, sin
desistir bajo ningún pretexto... hasta el término de nuestro recorrido
terrenal. En definitiva, se trata de una lucha contra sí mismo que podemos
asimilar a un largo y lento martirio. El Evangelio nos exhorta con claridad a
emprender esa lucha: El Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos
-los que se esfuerzan- la conquistan. (Mt 11:12). (Juan Pablo II, id).
Para
poder crear un clima favorable a la castidad, es importante practicar la
modestia y el pudor en la manera de hablar, de actuar y de vestir. Con esas
virtudes, la persona es respetada y amada por sí misma, en lugar de ser
contemplada y tratada como objeto de placer. De ese modo, los padres deberán
velar para que ciertas modas no profanen la casa, en especial a través de un
mal uso de los medios de comunicación de masas. Habrá que animar a los niños y
adolescentes a estimar y practicar el dominio de sí mismos, a ser discretos, a
vivir con orden, a realizar sacrificios personales en medio de un espíritu de
amor por Dios y de generosidad hacia los demás, sin sofocar los sentimientos y
las tendencias de cada uno, sino canalizándolas hacia una vida de virtud (cf.
Consejo pontifical para la familia, íd. 56,-58). Siguiendo el ejemplo de María
Goretti, los jóvenes descubrirán "el valor de la verdad que libera al
hombre de la esclavitud de las realidades materiales", y podrán
"descubrir el gusto por la auténtica belleza y por el bien que vence al
mal" (Juan Pabloll, íd).
¡Santa
María Goretti, consigue para nosotros de Dios, mediante la intercesión de la
santísima Virgen y de san José, esa fuerza sobrenatural que te hizo preferir la
muerte al pecado, a fin de que podamos seguir tus luminosas huellas con
alegría, con energía y con afán!
Autor:
Dom Antoine Marie, OSB

Abadía de Saint Joseph de Clairval

Texto extraído de la revista Ave María, nº 667

lunes, 4 de marzo de 2019

Una reflexión para cada día del mes de San José

Una reflexión para cada día del mes de San José

Una reflexión para cada día del mes de marzo, mes de San José



San JoséLa Iglesia dedica el mes de marzo a San José. A continuación, podrán leer una reflexión para cada día de dicho mes.


Día 1º- Padre de Jesús. Escogido por el Eterno Padre, con amor previsor, para ser un padre para Jesús, tú, oh san José, has sido uno de los principales interlocutores en el plan de la salvación, según las promesas de Dios a su pueblo.

Ayúdame, san José, a leer hoy, el proyecto de Dios sobre mi vida, conforme a su plan de salvación.

Día 2º- Hombre de los proyectos divinos. Durante tu vida, tú, san José, no te has preocupado por hacer cosas grandes, sino por cumplir bien la voluntad de Dios, inclusive en las cosas más sencillas y humildes, con mucho empeño y amor.

Enséñame, san José, la prontitud en buscar y realizar la voluntad de Dios.

Día 3º- Esposo de la Madre de Dios. Después de la perturbación inicial, oh san José, tu ‘sí’ a la voluntad de Dios fue claro y preciso, aceptando a María como tu esposa. Fue por tu ‘sí’ que Jesús formó parte, a pleno derecho, de la estirpe de David ante la ley y ante la sociedad.

Te confiamos, oh san José, a todos los padres, para que, siguiendo tu ejemplo, acepten en los hijos el don inestimable de la vida humana.

Día 4º- Hombre del silencio. Junto a Jesús y a María, san José, fuiste hombre del silencio. Tu casa fue un templo. ¡Un templo donde lo primero fue el amor!

Enséñame, oh san José, a dominar mi locuacidad y a cultivar el espíritu de recogimiento.

Día 5º- Hombre de fe. Aún más que Abraham, a ti, san José, te tocó creer en lo que es humanamente impensable: la maternidad de una virgen, la encarnación del Hijo de Dios.

Fortalece, oh san José, a quien se desanima y abre los corazones para confiar en la Providencia de Dios.

Día 6º- Hombre de la esperanza. Oh San José, tú has vivido en una actitud de serena esperanza ante la persona de Jesús, de quien, durante tu vida, jamás pudiste vislumbrar algo que revelara su divinidad.

Aumenta, san José, mi capacidad de esperanza, alimentando el aceite para mis lámparas de espera. 

Día 7º- Hombre del amor a Dios. Oh san José, tú diste pruebas de entrega plena y total a tus seres queridos, Jesús y María, y con ello dabas gloria a Dios. 

Enséñame, oh san José, a amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi mente y con todas mis fuerzas, y al prójimo como a mí mismo.

Día 8º- Hombre de la acogida. Oh san José, tu trabajo te llevaba a relacionarte a menudo con la gente, y en ello diste pruebas de atenta cortesía y de calurosa acogida. 

Oh san José, ¡que yo sepa descubrir aquellos gestos que me hacen imagen viva de la disponibilidad con que Dios nos recibe tal como somos!

Día 9º- Hombre del discernimiento. No te fue tan fácil, oh san José, discernir entre las circunstancias de la vida lo que Dios quería de ti para tu misión y tu familia. 

Ayúdame, oh san José, a intuir entre los acontecimientos del día el paso de Dios por mi vida. 

Día 10º- Hombre de la docilidad. ¡Qué hermosa fue tu docilidad, oh querido santo, en actitud de constante atención a la Sagrada Escritura y a la voluntad de Dios! 

    Aleja de mí, oh san José, la presunción, el apego tonto a mis opiniones, la obstinación de seguir sólo mis ideas.

Día 11º- Hombre de la entrega. Tú, oh san José, no perdías tiempo en cosas vanas e inútiles y no obrabas con disgusto o mala gana.

Ayúdame, oh san José, a no ser flojo en mis responsabilidades, sino a dedicarme a mis quehaceres con la máxima entrega. 

Día 12º- Hombre de la sencillez. Ser persona sencilla como tú, oh san José, no es sólo una dimensión del carácter, sino una virtud adquirida con el esfuerzo diario de hacerse disponible a los demás. 

Ayúdame, oh san José, a no ser persona complicada, retorcida, e inaccesible, sino amable, sencilla y transparente.

Día 13º- Hombre de la confianza. Tu seguridad, oh san José, se cimentaba en la atención y adhesión constante a la voluntad de Dios, tal como iba manifestándose día tras día.

Haz, oh san José, que yo tenga la seguridad de quien confía en Dios, sabiendo que en cualquier situación, aunque adversa, estoy en sus manos.

Día 14º- Hombre de la paz. Tú, oh san José, como padre has educado a Jesús adolescente hacia aquellos valores que luego Él predicó, proclamando felices a “los que trabajan por la paz”.

Oh san José, ayúdame a promover la paz en mi propia familia y en el ambiente donde vivo y trabajo.

Día 15º- Ejemplo de humildad. ¡Cómo te sentías pequeño a tus ojos, oh san José! ¡Cómo amabas tu pequeñez! Siempre en la sombra, mantuviste tu vida bien escondida para responder al proyecto de Dios.

Ayúdame, oh san José, a huir de la vanagloria. Haz que encuentre gusto en la humildad y en relativizar mis intereses personales.

Día 16º- Ejemplo de fortaleza. Sin duda, oh san José, tu fortaleza, como jefe de familia, fue fundamental en los momentos cruciales que los Evangelios nos dejan entrever. Pero seguramente se consolidó luego en el trabajo de cada día.

Ayúdame, oh san José, a no desfallecer frente a las tentaciones, fatigas y sufrimientos.

Día 17º- Ejemplo de obediencia. Fue admirable tu obediencia en lo poco que los Evangelios nos revelan. Obedecer, casi a ciegas, a lo que las circunstancias iban indicándote como querer de Dios. 

Aleja de mí, oh san José, todas las excusas que mi egoísmo y flojera me presionan para no cumplir la voluntad de Dios.

Día 18º- Ejemplo de justicia. El evangelio te definió hombre justo, querido san José. Lo cual para nosotros ahora significa ser persona que actúa para con Dios y los hombres con rectitud y honestidad. 

Alcánzame, oh san José, la ayuda para mantener actitudes sanas en mis relaciones con Dios y los hombres.

Día 19º- Ejemplo de prudencia. Tu prudencia, querido santo, se manifestó en la correcta valoración de las circunstancias para tomar en tu vida aquellas decisiones que mejor favorecían a tu propia familia. 

Haz, oh san José, que yo no tome decisiones importantes sin antes valorar bien a quienes realmente puedan afectar. 

Día 20º- Ejemplo de pobreza. La vida pobre y escondida en Nazaret, a lado de tus seres queridos, te llevó, querido santo, a ser un trabajador responsable y activo, sin escatimar sacrificio alguno. 

Obtenme, oh san José, la gracia del espíritu de pobreza, siendo responsable en mis quehaceres. 

Día 21º- Ejemplo de gratitud. Nadie después de tu esposa, querido san José, recibió, de la bondad de Dios, tanto como tú. Y después de María, nadie cultivó tanto un corazón agradecido por los dones recibidos. 

Haz, oh san José, que yo sea consciente de los dones que Dios me otorga cada día. 

Día 22º- Ejemplo para los obreros. Como cada uno de nosotros, también tú, oh san José, sentiste la fatiga y el cansancio del trabajo de cada día.

Ayúdame, oh san José, a valorar la dignidad de mi trabajo, sea cual sea, y a cumplirlo con entusiasmo y responsabilidad.

Día 23º- Ejemplo de la misión. Aunque con una vida escondida, tú, oh querido santo, has cumplido una misión específica, única e irrepetible en la historia. 

Haz, oh san José, que yo pueda con la palabra y con el testimonio de vida, colaborar en la misión de la Iglesia para la construcción del reino de Dios. 

Día 24º- Custodio de la virginidad. Como esposo de la Madre de Dios cuidaste con amor casto su virginidad respondiendo así al proyecto de Dios.

Haz, oh san José, que yo viva con responsabilidad mi vocación específica, educando y fomentando mi capacidad de amar. 

Día 25º- Consuelo de los que sufren. Oh san José, tu vida no estuvo exenta de la sombra del dolor, que has asumido con mucha serenidad y paz del corazón.

Ayúdame, oh san José, a darme cuenta de que una vida de amor no puede estar exenta de la sombra del sufrimiento para que encuentre el camino hacia la verdadera felicidad.

Día 26º- Esperanza de los afligidos. En tu vida, oh san José, no todo fue claro y fácil de comprender. Sin embargo, supiste ubicarte siempre con la seguridad que te daba la esperanza de estar en las manos de Dios. 

Te ruego, oh san José, de consolar hoy a todos los que están afligidos por cualquier causa. Llena sus días de personas amigas y desinteresadas.

Día 27º- Patrono de los moribundos. Tú, oh san José, tuviste la suerte de morir asistido por Jesús y tu esposa María. ¡Nadie podría desear algo mejor en el momento más decisivo de su vida! 

Asísteme, oh querido santo, en el momento de mi muerte. 

Día 28º- Amparo de las familias. Oh san José, la Escritura afirma que a lado tuyo y de María, Jesús “crecía en edad, sabiduría y gracia”.

Te ruego, oh san José, por los niños y los jóvenes para que encuentren en su familia y en la comunidad el ambiente ideal para crecer sanos y felices.

Día 29º- Modelo de vida doméstica. Oh san José, en la Familia de Nazaret asumiste plenamente tu responsabilidad, con espíritu de colaboración y de humildad.

Haz, oh san José, que los padres sepan unir todas las potencialidades del amor humano con una buena vida cristiana.

Día 30º- Terror de los demonios. Oh san José, fortificado por la Palabra de la Escritura, has podido vencer las tentaciones siempre. 

Libera, oh san José, mi corazón y mi mente de toda tentación, para que sea un buen cristiano y un honrado ciudadano.

Día 31º- Patrono de la Iglesia Universal. Oh san José, por la misión que te fue confiada, asistes a la Iglesia de Cristo, haciendo que camine siempre en la verdad y en el amor, para ser luz del mundo.

Guía, querido santo, a la Iglesia de Cristo en el camino de la santidad, para que sea siempre más eficaz y alegre anunciadora del Evangelio.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Es Navidad esta Noche - La historia de Navidad interpretada por niños

EL PORQUÉ DE LA NAVIDAD

EL PORQUÉ DE LA NAVIDAD



EL PORQUÉ DE LA NAVIDAD
Compartir

Érase una vez un hombre que no creía en Dios. No tenía
reparos en decir lo que pensaba de la religión y de las festividades
religiosas, como la Navidad.
Su mujer, en cambio, era creyente y criaba a sus hijos
en la fe en Dios y en Jesucristo, a pesar de los comentarios desdeñosos de su
marido.
Una Nochebuena en que estaba nevando, la esposa se
disponía a llevar a los hijos al oficio navideño de la parroquia de la
localidad agrícola donde vivían. Le pidió al marido que los acompañara, pero él
se negó.
-¡Qué tonterías! -arguyó-. ¿Por qué Dios se iba a
rebajar a descender a la Tierra adoptando la forma de hombre? ¡Qué ridiculez!
Los niños y la esposa se marcharon y él se quedó en
casa.
Un rato después, los vientos empezaron a soplar con
mayor intensidad y se desató una ventisca. Observando por la ventana, todo lo
que aquel hombre veía era una cegadora tormenta de nieve. Y decidió relajarse
sentado ante la chimenea.
Al cabo de un rato, oyó un gran golpe; algo había
golpeado la ventana. Luego, oyó un segundo golpe fuerte. Miró hacia afuera,
pero no logró ver a más de unos pocos metros de distancia. Cuando empezó a
amainar la nevada, se aventuró a salir para averiguar qué había golpeado la
ventana. En un campo cercano descubrió una bandada de gansos salvajes. Por lo
visto iban camino al sur para pasar allí el invierno, y se vieron sorprendidos
por la tormenta de nieve y no pudieron seguir. Perdidos, terminaron en aquella
finca sin alimento ni abrigo. Daban aletazos y volaban bajo en círculos por el
campo, cegados por la borrasca, sin seguir un rumbo fijo. El agricultor dedujo
que un par de aquellas aves habían chocado con su ventana.
Sintió lástima de los gansos y quiso ayudarlos.
-Sería ideal que se quedaran en el granero -pensó-. Ahí
estarán al abrigo y a salvo durante la noche mientras pasa la tormenta.
Dirigiéndose al establo, abrió las puertas de par en
par. Luego, observó y aguardó, con la esperanza de que las aves advirtieran que
estaba abierto y entraran. Los gansos, no obstante, se limitaron a revolotear
dando vueltas. No parecía que se hubieran dado cuenta siquiera de la existencia
del granero y de lo que podría significar en sus circunstancias. El hombre
intentó llamar la atención de las aves, pero solo consiguió asustarlas y que se
alejaran más.
Entró a la casa y salió con algo de pan. Lo fue
partiendo en pedazos y dejando un rastro hasta el establo. Sin embargo, los
gansos no entendieron.
El hombre empezó a sentir frustración. Corrió tras ellos
tratando de ahuyentarlos en dirección al granero. Lo único que consiguió fue
asustarlos más y que se dispersaran en todas direcciones menos hacia el
granero. Por mucho que lo intentara, no conseguía que entraran al granero,
donde estarían abrigados y seguros.
-¿Por qué no me seguirán? -exclamó- ¿Es que no se dan
cuenta de que ese es el único sitio donde podrán sobrevivir a la nevada?
Reflexionando por unos instantes, cayó en la cuenta de
que las aves no seguirían a un ser humano.
-Si yo fuera uno de ellos, entonces sí que podría
salvarlos -dijo pensando en voz alta.
Seguidamente, se le ocurrió una idea. Entró al establo,
agarró un ganso doméstico de su propiedad y lo llevó en brazos, paseándolo
entre sus congéneres salvajes. A continuación, lo soltó. Su ganso voló entre
los demás y se fue directamente al interior del establo. Una por una, las otras
aves lo siguieron hasta que todas estuvieron a salvo.
El campesino se quedó en silencio por un momento,
mientras las palabras que había pronunciado hacía unos instantes aún le
resonaban en la cabeza:
-Si yo fuera uno de ellos, ¡entonces sí que podría
salvarlos!
Reflexionó luego en lo que le había dicho a su mujer
aquel día:
-¿Por qué iba Dios a querer ser como nosotros? ¡Qué
ridiculez!
De pronto, todo empezó a cobrar sentido. Entendió que
eso era precisamente lo que había hecho Dios. Diríase que nosotros éramos como
aquellos gansos: estábamos ciegos, perdidos y a punto de perecer. Dios hizo que
Su Hijo se volviera como nosotros a fin de indicarnos el camino y, por
consiguiente, salvarnos. El agricultor llegó a la conclusión de que ese había
sido ni más ni menos el objeto de la Natividad.
Cuando amainaron los vientos y cesó la cegadora nevada,
su alma quedó en quietud y meditó en tan maravillosa idea. De pronto comprendió
el sentido de la Navidad y por qué había venido Cristo a la Tierra. Junto con
aquella tormenta pasajera, se disiparon años de incredulidad. Hincándose de
rodillas en la nieve, elevó su primera plegaria: "¡Gracias, Señor, por
venir en forma humana a sacarme de la tormenta!"
Con este relato, les deseo con cariño una felicísima
Navidad en la que el Niño Jesús les colme de bendiciones.
Javier López

Web Católico de Javier

http://webcatolicodejavier.org


jueves, 22 de noviembre de 2018

El ramillete de espinas

EL RAMILLETE DE ESPINAS

El Ramillete de Espinas
Era la víspera
del Día de Acción de Gracias, pero Sandra se sentía muy infeliz cuando entró en
una floristería. Su hijo habría nacido estos días si no lo hubiese perdido en
un accidente de automóvil... Lamentaba mucho su pérdida.
No
bastando eso, aún había posibilidad de que su marido fuera operado. Y para
colmo de males, su hermana canceló la visita que le iba a hacer próximamente.
¿Acción
de Gracias? ¿Agradecer qué? se preguntó.
Una
amiga tuvo el coraje de decir que el sufrimiento era una dádiva de Dios, que
hacía madurar y fortalecer...
Sus
pensamientos fueron interrumpidos por la vendedora, diciendo:
-
¿Quiere un arreglo tradicional o le gustaría innovar con lo que yo llamo
"Especial"? ¿Está buscando algo que realmente demuestre gratitud en
el Día de Acción de Gracias?
Sandra
explicó que nada tenía para agradecer y la otra replicó, enfática:
-
¡Pues tengo el arreglo perfecto para usted!.
En
ese momento entró una cliente que vino a buscar su pedido:
Un
arreglo de largos y espinosos tallos de rosa. Todo muy bien arreglado, pero no
había ninguna flor.
Sandra
se quedó pensando por qué alguien pagaría por tallos de rosa, sin flor.
-
Este es el "Especial", lo llamo "Ramillete de Espinas de Acción
de Gracias" - explicó la vendedora.
-
¿Pero qué la llevó a crear el ramillete de espinas? - preguntó Sandra.
-
Aprendí a ser agradecida por las espinas... Siempre agradecí a Dios las cosas
buenas en mi vida y nunca le pregunté por qué esas buenas cosas sucedían.
Pero
cuando vinieron las adversidades, yo lloré y grité: ¿por qué? ¿por qué yo?
Con
el tiempo aprendí que las épocas difíciles son importantes para nuestra fe y
nuestro fortalecimiento. Delante de las dificultades nos aproximamos a Dios y
valoramos la vida y sus buenos momentos.
Sandra
recordó lo que su amiga le había dicho, y exclamó: - Perdí mi bebé y yo estoy
enojada con Dios...
En
ese momento entró un hombre en la floristería, que también venía a buscar un
ramillete de tallos espinosos.
¿Esto
es para su esposa? - preguntó Sandra, incrédula. ¿Pero por qué ella quiere un
ramillete como ese?
Mi
esposa y yo casi nos divorciamos, pero con la gracia de Dios, nosotros
enfrentamos problema tras problema y salvamos nuestro matrimonio. El ramillete
especial nos recuerda las épocas "espinosas". Etiquetamos cada tallo
con uno de los problemas solucionados y damos gracias por lo que Él nos enseñó.
¡Yo le recomiendo el ramillete especial!
-
No sé si puedo ser agradecida por las espinas en mi vida. Es todo tan
reciente...
La
vendedora respondió, cariñosamente:
-
La experiencia me mostró que las espinas vuelven las rosas mas preciosas
Apreciamos más el cuidado providencial de Dios durante los problemas que en
cualquier otra época.
Varias
lágrimas se deslizaron por la cara de Sandra.
-
Me llevaré una docena de estos tallos largos y llenos de espinas, por favor.
¿Cuánto le debo?
Nada.
Nada si me promete que permitirá a Dios que cure su corazón. El primer
ramillete va siempre por mi cuenta.
La
vendedora sonrió y le entregó una tarjeta a Sandra.
Colocaré
esta tarjeta en su ramillete, pero tal vez usted quiera leerla primero.
-Y
Sandra leyó: "Señor, yo nunca agradecí mis espinas. Agradecí mil veces las
rosas, pero nunca las espinas. Enséñame el valor de mis espinas. Muéstrame que,
a través de mis lágrimas, los colores de Tu arcoiris son mucho más
brillantes."
Web
católico de Javier